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Víctimas de la tutela.

Aníbal Vallejo Rendón

EL MUNDO, martes 16 de junio de 2015

“Leticia está hospitalizada, muy mal. No quiere ver a nadie solamente a usted a quien sí le entrega sus perros”. En el hospital del municipio de San Vicente quedó recluida. Catorce años han pasado desde ese lejano 8 de diciembre cuando llegó a una retirada vereda de ese municipio con su hermana Elena, sus perros y sus gatos, a cumplir con un fallo de tutela. No fue la generosidad ni la magnanimidad de ningún gobernante o político, alcalde o concejal de Medellín la que generó la construcción de La Perla.

La abogada Sofía Marín M. en su libelo de defensa logró sustentar el fundamento para que el juez 40 Penal Municipal Diego Fernando Escobar M. fallara en justicia: si bien las hermanas tendrían que deshacerse de sus animales la administración municipal debía hacerse cargo de su asistencia sicológica y construir un albergue para cumplir con lo que hasta entonces hacía la Sociedad Protectora de Animales: recoger los abandonados.

El 3 de febrero de 2008 algo me hizo llamarlas, pues hacía varios días no sabía de ellas. Cuando me contestó Leticia con gritos angustiados me repetía insistentemente que Elena estaba muerta tirada a sus pies. Cuando Elena la declamadora, la nadaista, la pintora naif, la azafata, murió, Leticia no derramó ni una lágrima, no manifestó su dolor. Ya bastantes dolores había padecido con su hermana en sus años de recoger el de los animales. Los perros, montados encima, calentaban el cuerpo inerte de Elena, acompañándola en una escena de dolor sin testigos. Las habíamos llevado con sus perros en un largo viaje incierto por una carreterita marginal, angosta y polvorienta, a una pequeña casa prefabricada en un recodo del camino. Y allí se quedaron, sin pasado, sin presente, y lo peor sin futuro, para no volver a salir.

¿Quiénes serán esas viejas locas con tantos perros? Y entonces del lugar y de otros distantes empezaron a llevarles perros y más perros hasta desbordar sus vidas. Elena murió en su ley. Nadie, nadie la recordó. Leticia quedó abandonada y en estos años la vimos languidecer. Su pequeña figura maltrecha, su difícil manera de andar, su temor por la sociedad que la aisló, hicieron de ella una mujer huraña, encerrada en sí misma, con la mirada perdida, despojada de interés por la vida, sin llegar a lamentarse ni a reclamar por su suerte, como si no existiera.

Ese día, adentro, en las ruinas de su casa, con las ventanas cubiertas por la mugre de las patas de los perros marcadas, fueron apareciendo entre el abandono los cadáveres de los que no hubo quien los enterrara. Afuera, entre la maleza, aparecieron otros más. Leticia sobrevivía en un cementerio.

Ni Elena ni Leticia volvieron a Medellín, nunca conocieron lo que llamaron Parque Ambiental Refugio La Perla, ni supieron qué fue de su casa, ni recibieron el apoyo sicológico que ordenó la tutela. Como tampoco supieron que la Sociedad Protectora de Animales ante la demora en el cumplimiento del fallo por parte del municipio tuvo que enfrentar momentos difíciles que la llevaron a suspender definitivamente el ingreso de los animales que le seguían llegando. A fines de 2003 se puso a funcionar en forma provisional el refugio La Aurora. Para el mes de julio de 2004, tras 32 meses de incumplimiento de la tutela, no había sido citada la junta defensora.

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