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Animales masacrados en experimentación para la industria bélica

 

Prensa Latina, agencia 2 julio 2010

 

Por Isabel Soto Mayedo (Prensa Latina)*

 

De 50 a 100 millones de animales vertebrados de todas las especies son utilizados cada año en experimentos científicos con fines bélicos, al final de los cuales la mayoría son sacrificados, en correspondencia con el predominio de una cultura de guerra.

 

  La intención de propiciar la reproducción constante del capital y la subvaloración del lugar que ocupan estos seres vivos para el sostenimiento del equilibrio ecológico impulsan tales estocadas a la biodiversidad y a los recursos naturales en general.

 

Cuando los mega medios trataban de justificar la invasión estadounidense a Afganistán -algo que a la larga falló- transmitieron imágenes de perros agonizando hasta fallecer en laboratorios de Al-Qaeda, mas nunca admitieron que eso ocurre en casi todo el mundo.

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Diarios israelíes denunciaron hace una década el aniquilamiento de cerdos sin anestesiar con misiles explosivos y las afectaciones sicológicas sufridas por soldados participantes en brutales experimentos realizados en el país árabe con perros, monos, palomas, ratones, sapos y cobayas.

 

Fuentes del Departamento de Defensa de los Estados Unidos dan cuenta, además, de la muerte o lesiones sufridas cada año por al menos 320 mil primates, cerdos, cabras, ovejas, conejos, gatos y otros animales, en virtud de experimentos con fines de guerra.

 

Estos ensayos tendientes a impulsar el desarrollo de la industria armamentista, con el propósito esencial de ganar mayores dividendos, exigen costos anuales que rebasan los 100 millones de dólares.

 

Las masacres contra especies animales acumulan más de medio siglo y las culpas recaen en oficiales, científicos y otros alistados en bases militares de todo el territorio norteamericano y en otras partes del planeta.

 

Entre las pruebas mortíferas registradas clasifica por su crueldad la de Bikini Atoll, en el Pacífico Sur, identificada por sus protagonistas como “El arca atómica” porque consistió en subir a una embarcación cuatro mil ovejas, cabras y otros animales, y luego hacerla explotar.

 

Este hecho aconteció en 1946, y desde 1957 el Departamento de Defensa estableció un “laboratorio de heridas” en el que animales conscientes o semiconscientes son suspendidos con sogas y acribillados con armas de alto poder para luego practicarles cirugías en función del aprendizaje.

 

Con el pretexto de la seguridad nacional o la defensa, además, muchos animales son utilizados para probar las trayectorias de las balas que les permite a los expertos en armas militares congelar el rastro de las balas para su análisis.

 

Organizaciones atentas a la suerte de los animales presionaron hasta lograr que se limitara el uso de perros y gatos en tales estudios, pero pese a la resolución adoptada por el Congreso, en 1983, gran cantidad de cabras, cerdos y ovejas sufren tales programas.

 

Un lustro después, una serie de experimentos navales con explosivos acuáticos en Chesapeake Bay mató a más de tres mil peces y experimentos nucleares en el Pacífico Sur han destruido el hábitat de cientos de especies.

 

Peter Singer, en su obra Liberación Animal, explica que en la Base de la Fuerza Aérea de Brooks, en Texas, la llamada “Plataforma de Equilibrio de Primates” acabó con la vida de decenas de estos simios.

 

Chimpancés y otros de su familia eran encadenados a la máquina y sometidos a descargas eléctricas -repetidas hasta cien veces al día durante mes y medio- para enseñarlos a manejar el simulador de vuelo en forma de silla.

 

Cuando los animales rebasaban esa fase eran sometidos a distintas dosis de radiación y a agentes de guerra química para determinar cuánto tiempo serían capaces de continuar pilotando entre náuseas, vómitos y otros malestares provocados por los productos tóxicos y las radiaciones.

 

En Fort Detrick, Maryland, Estados Unidos, y bajo la dirección del Laboratorio de Desarrollo e Investigación de Bioingeniería Médica del Ejército, se suministró durante medio año distintas dosis del explosivo TNT a sesenta perras y perros.

 

De acuerdo con el informe de la operación, “los síntomas observados incluían deshidratación, descoordinación, demacración, anemia, ictericia, baja temperatura corporal, orina y heces descoloridas, diarrea, pérdida de apetito y peso, aumento del tamaño del hígado, los riñones y el bazo.

 

El experimento representa “una porción” de los datos que el laboratorio de Fort Detrick desarrolla sobre los efectos del TNT en mamíferos, añade la fuente, que pese a los costos en vidas de animales, sugirió proseguir el estudio para delimitar los daños que puede provocar ese explosivo.

 

Ejércitos de este y otros países reclutan miles de animales para el combate y los envían a “misiones” que ponen en peligro sus vidas y su bienestar

 

Según Singer, el sistema de rastreo militar estadounidense enlistaba en vísperas de este siglo aproximadamente 725 experimentos en los que se utilizaban animales de múltiples especies.

 

Pruebas con animales en la Unión Europea

 

Seres vivos de todo tipo llegan a padecer enfermedades por descompresión, ingravidez, drogas, alcohol, inhalación de humo y oxígeno puro, en investigaciones de esta naturaleza también en la Unión Europea (UE).

 

Aunque la Directiva Europea 86/609, que trata la experimentación animal en la comunidad de países, establece regulaciones para el uso de estos en experimentos científicos de todo tipo, las ejecuciones de seres vivos se suceden cada día.

 

En Gran Bretaña, la organización Animal Aid constató que decenas de miles de conejos, ratas, cerdos, ovejas, cabras, perros, monos, y otros sufrieron en las últimas décadas experimentos de todo tipo con agentes químicos como el perfluoroisobutano (PFIB) y el I-MCHT.

 

Tres importantes centros de experimentación militar sirvieron de escenario para estos análisis: el Establecimiento de Defensa Química y Biológica de Porton Down, la Agencia de Investigación en Defensa y el Instituto de Medicina de Aviación.

 

Científicos de Porton describieron que en una prueba de este tipo, las víctimas experimentaban fuertes convulsiones y morían luego de arrastrarse durante minutos, tras recibir fuertes dosis de gases tóxicos

 

En otra realizada con conejos, la muerte llegaba tras un mes de agonía sufriendo serios daños en hígados, vesícula biliar y duodeno, así como afecciones en su respiración.

 

La exposición a golpes o explosiones forman parte también de algunos exámenes, que tampoco excluyen la vivisección en función de preservar evidencias.

 

Una de las familias animales más atacadas por los investigadores son los primates por sus parecidos psicológicos y fisiológicos con los humanos: alrededor de 10 mil de ellos son utilizados cada año en experimentos científicos en la UE.

 

Inglaterra es el más grande usuario de primates de la zona desde el 2000, año en el que tenía en laboratorios y otros centros de experimentación alrededor de dos mil 951 monos.

 

Oh, paradoja! aunque hablamos de monos pequeños, vale destacar que ese país era el único que contaba con una ley que prohibía los experimentos en los grandes primates (chimpancés, orangutanes y gorilas), desde 1997.

 

La secretividad rodea a los programas militares de esta naturaleza, clasificados generalmente como “Top Secret”, por lo que se dificulta obtener mayores informaciones sobre los abusos y torturas contra sus víctimas.

 

Sin embargo, se sabe que estos experimentos pueden ser muy dolorosos, repetitivos, costosos y no confiables. La mayoría de los efectos que estudian han sido observados en humanos y sus resultados no siempre son extrapolados a la experiencia de las personas.

 

La guerra camuflada contra los animales y su entorno natural tiene lugar antes, durante y después, de los enfrentamientos bélicos y es una arista de una problemática de mayor dimensión: la destrucción sin recato del medio ambiente.

 

* Periodista de la redacción de temas globales.

http://asanda.org

 

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