ADRIANA BEATRIZ CORREAS - DOCENTE

Según las cifras, el 35% de los maltratadores de animales, también ejercen violencia doméstica. Un 23% de estos abusadores, maltratan a su pareja obligándola a ver la crueldad que ejercen hacia los animales y el 5% involucra abuso a adultos mayores. El perpetrador abusa de la víctima mayor y lo obliga a observar la crueldad hacia el animal.
Además, el 60% de niños abusados por sus familias tienen en su historia familiar animales maltratados; 71% de mujeres golpeadas reportan también heridas por golpes en sus animales y 75% de los incidentes ocurren en presencia de los niños.
La estadística señala que un 70% de los que abusan de animales tiene más tarde otra historia criminal.
En gran parte, los estudios basados en el abuso animal y criminología adulta, demuestran que las primeras instancias de crueldad hacia los animales tienen lugar temprano en la vida del maltratador. Según la antropóloga Margaret Mead “Una de las cosas más peligrosas que le pueden pasar a un niño es matar o torturar a un animal y salirse con la suya”.
Casi todos los niños atraviesan una etapa de crueldad “inocente”, en la cual pueden lastimar insectos u otros animales pequeños en el proceso de explorar el mundo y descubrir sus habilidades.
Sin embargo, la mayoría de los niños, con la guía adecuada de sus padres y maestros, se tornan sensibles al hecho de que los animales pueden sentir dolor y sufrir. Algunos, sin embargo, parecen quedarse encerrados en este patrón de crueldad que puede durar toda la vida.
Las mascotas son los blancos más comunes, los perros (76%) mucho más frecuente que contra gatos (19%). Más del 57% de los casos es intencional o tortura, el 31% por negligencia extrema incluyendo hambruna y falta de cuidados. En casos de crueldad animal intencional, las ofensas más comunes son balear, pegar, patear, acuchillar, tirar, quemar, ahogar, colgar, envenenar, abusar sexualmente y/o mutilar a los animales.
Los maltratadores no se detendrán voluntariamente, deben ser forzados a parar por la modificación de la escala de valores sociales o haciendo cumplir leyes exigentes contra la crueldad. Es decir, sólo nuestro repudio y rechazo social puede detenerlos, así como el desarrollo de leyes mucho más estrictas sobre el tema. La negligencia, la crueldad, y abuso a animales es una señal de alarma de otras formas de crueldad, incluyendo el abuso a las personas mayores. Descuidar o abusar del animal doméstico de un anciano supone hacer sufrir innecesariamente a esta persona.
Cuando un miembro de la familia o ajeno a ésta maltrata al animal doméstico de un pariente anciano, las motivaciones pueden ser complejas. El perpetrador descuida o abusa del animal doméstico de un anciano como forma de control o de venganza, o a causa de su frustración por la responsabilidad de cuidar de él, o como manera de obtener beneficios financieros.
Muchas personas mayores están particularmente unidas a sus animales domésticos y representa una mejora muy significativa en su calidad de vida. El animal de compañía no sólo desempeña un papel vital en las vidas de los ancianos, ellos también representan uniones importantes con el pasado. Los animales domésticos proporcionan bienestar y alivio de tensión y estrés, buen humor, atención, protección, y ellos fomentan la interacción social entre unos ancianos y otros.
Esta relación especial, sin embargo, también hace a los animales domésticos vulnerables para ser maltratados por los que deseen ejercer poder y control sobre una persona mayor, ya que soportaran cualquier vejación antes que abandonar a su amo.
Hay que entender que no es una reacción lógica que alguien, porque le ladró un perro al pasar, lo mate a golpes sino que estamos en presencia de sujetos muy peligrosos, y que el maltratador persigue coaccionar a su propia familia y entorno avisando de lo que les puede ocurrir también a ellos si no ceden a sus abusos. Nunca hay que justificar a los maltratadores de animales ya que después continúan con la familia.
Ningún animal mata por placer, sino siempre para sobrevivir; en cambio, el humano es el único que quiebra esta “ley de la selva”, que puede matar simplemente por placer, dejando atrás a la presa muerta. Son sadomasoquistas que gozan del sentimiento de poder. No manda el instinto de vida, sino el de muerte: el placer de ser mayor y más poderoso que el prójimo, y el goce por lastimar.