Por Anibal Vallejo R.
En plena feria taurina y dentro del evento institucional “Hablemos de Medellín” se realizó en la sede de Comfenalco el foro La fiesta brava en Medellín : violencia o diversión. Una de las preguntas que me fueron hechas se refirió a lo que para mí “como defensor de los animales significaba vivir en esta ciudad para la cual son muy importantes las corridas de toros”.
Para empezar debo anotar, que el vivir en esta ciudad y en esta sociedad, ha marcado profundamente mis sentimientos de solidaridad hacia las especies animales. La importancia que se da a las corridas de toros es solamente una pequeña parte de la insensibilidad del ser humano hacia las especies inferiores. La ciudad me ha marcado con sus calles y callejones, con sus barrios encaramados en las laderas, con sus quebradas y zanjones, con sus sectores deprimidos, con su feria de ganado, matadero, plaza minorista, con sus quirófanos improvisados en liceos populares, en colegios privilegiados, en centros universitarios, con sus mataderos clandestinos, con sus galpones de cría intensiva, con su plaza de toros La Macarena. Porque en todos estos lugares de una u otra manera son maltratados, violentados y muertos miles de animales.
La actual feria taurina publicitada como “La Mejor de América” no deja de ser una alusión superlativa de la pretensión de tener en la ciudad eventos que atraigan al público masivamente, de querer estar ubicados en el contexto internacional como si la tradición y arraigo de la llamada fiesta taurina fuera algo propio para mostrar.
Hablo no tanto recordando los nombres de los toros recientemente sacrificados : Sevillano, Embrollón, Adulador, Prisionero, Lechuzo, Emisario, Bonito, de 36 o más en la actual feria, sino en recuerdo de miles de animales sin nombre que abandonados en calles y avenidas, sacrificados en galpones y mataderos, sacados de su medio natural, encuentran la muerte para satisfacer los paladares humanos o saciar sus instintos violentos.
Primero los toros de Zalduendo, luego los toros de Alcurrucén, mañana los de cualquier ganadería colombiana, o de la pomposa “Ventas del Espíritu Santo” como si las alusiones a referencias religiosas borraran el manto de sufrimiento que a los animales se les causa. Conduele el espíritu la institucionalización de eventos de sangre para evitar el “desangre” de una institución tan querida y respetada en la ciudad como es el Hospital San Vicente de Paul. Como si el fin justificara los medios. El sector de la plaza de toros ha sido marcado con imágenes de las ferias taurinas a principios del año, con las novilladas en diferentes ocasiones y por cualquier festejo, con los festivales bufos, con la venta de pavos y piscos en diciembre, como lo fue antes con la explotación de los animales de carga en la antigua extracción de arena del río y el vandalismo irracional allí desatado.
La aseveración de la importancia señalada a la ciudad de Medellín por la afición a las corridas de toros se debe medir no por apreciaciones emotivas sino por datos reales. Según el Tratado Los Toros de Cossío el aforo de la plaza de toros La Macarena es de 10.200 espectadores. Cualquier lector desprevenido de la prensa se habrá podido dar cuenta del lamento por la disminución de la afición y los vacíos que siempre quedan en los tendidos de la plaza. Con excepción de la primera corrida de esta temporada con los toros de Zalduendo que hizo colocar el anhelado letrero ( para los seguidores de la llamada fiesta ) “No hay boletas”, la constante ha sido la baja demanda del público.
Se mueren los viejos aficionados que siempre ocupaban los mismos lugares, y su aforo en los tendidos se van quedando vacíos. Por ello la insistencia de empresarios y comentaristas en cautivar a los niños para formar la afición del futuro, las campañas para que sus padres los lleven a la plaza, la organización de festivales infantiles taurinos, las escuelas taurinas y hasta el museo taurino. Sin dejar de anotar las fotografías a color en los diarios de tal o cual niño acompañado por su ilustre padre en alguno de los tendidos.
Si en esta temporada durante las seis corridas se mantuviera la expectativa creada con la primera, estaríamos hablando de 61.200 espectadores. Cifra más que irreal en Medellín. Lo que equivaldría a menos del aforo de una sola corrida en la Plaza Monumental de Ciudad de México que está construida para 65.000 espectadores.
Y eso que a Medellín llegan aficionados de otras ciudades según lo pregonan en las crónicas.
¿ Qué porcentaje de la población de Medellín es entonces aficionada a las corridas ? Porque bien que lo sabemos las nuevas generaciones rechazan estos espectáculos. Cartas en los periódicos, ausencia en los tendidos, plazas a medio llenar, grupos de oposición, marchas de protesta. Hasta Día Mundial Antitaurino : el 25 de junio. No podemos seguir estigmatizándonos. Somos violentos. Pero España en el contexto internacional es el país más violento con los animales. Algo de esa violencia nos heredaron.
No queremos más toros, ni de Zalduendo, ni de Alcurrucén, ni de las Ventas del Espíritu Santo, ni de Domecq, ni de ninguna otra dehesa. Si tiene que desaparecer el toro de casta, no queremos su sobrevivencia simplemente para seguir maltratándolos.
Periódico El Mundo, 17 de febrero de 1999