Por Anibal Vallejo R.
En un periódico apareció la siguiente oferta, por lo demás llamativa para el lector desprevenido : ” Vendo colmillo marfil, único, exótico, bellamente tallado. Precio especial.” Lo cual me trajo a la memoria las imágenes de los cadáveres de elefantes en descomposición que han sido divulgadas por organismos internacionales de protección animal entre ellos el Fondo Mundial para la Naturaleza (W W F). Buitres alimentándose con cadáveres de elefantes hembras muertas por cazadores furtivos en busca de su apreciado marfil. De elefantes jóvenes todavía sin alcanzar su madurez, de centenares de cráneos de especímenes sacrificados, de cuerpos perforados por la putrefacción de sus carnes en medio de vastas praderas.
Suena un disparo. Después otro. Y otro. Durante un rato sólo hay un asustador silencio, que presagia algo fatal. Luego, se oye un sonido estremecedor.
Un aullido espantoso, seguido del ruido de ramas que se rompen, que caen arrastrando tras de sí todo lo que se encuentran a su paso, arbustos y árboles jóvenes en crecimiento. Al final un golpe seco, estruendoso que invade todo el espacio circundante muchos metros a la redonda. Es el golpe de la caída de cinco toneladas de huesos, músculos y carne de un elefante africano, el más grande de todos los animales terrestres en peso y volumen, sacrificado por la codicia humana.
En Africa cada año se matan setenta mil elefantes por el afán desmedido de los buscadores de marfil que lo único que les interesa son sus colmillos de cuarenta kilos de peso en promedio. Los machos tienen los mejores colmillos. Pero para sus depredadores no importa si son crías, hembras, animales jóvenes o viejos. Su marfil les produce significativas ganancias y por eso hay que matarlos. Los colmillos de elefante pueden tener una longitud de hasta tres metros y son macizos casi en sus dos terceras partes. Mientras el elefante se desarrolla, sus colmillos siguen creciendo. Estos mamíferos pueden llegar a vivir de cincuenta a setenta años. Arrancados sus colmillos son comercializados para producir elementos ornamentales innecesarios como pulseras, diademas, llaveros, abrecartas, adornos, collares, fichas de ajedrez, botones, prendedores, anillos, aretes y cuanta ociosidad se le pueda ocurrir a los comerciantes y reducir así el imponente animal a mínimas expresiones de vandalismo que son exhibidas con orgullo por los inconscientes compradores y que no reflejan ante ellos las huellas de la crueldad.
A principios de los años ochenta en el mercado mundial se importaban de cuatro a seis millones de productos tallados en marfil. El valor declarado era de veinte a treinta millones de dólares. Este beneficioso comercio supone décadas de aniquilamiento : en 1973, murieron en forma brutal cincuenta y cinco mil elefantes para conseguir de ellos mil toneladas de marfil. En 1983 para conseguir la misma cantidad se sacrificaron cien mil elefantes. Para mantener los mismos niveles de producción los cazadores furtivos matan a las hembras y a sus crías y así acaban con manadas enteras.
Esta es una de las crueles formas de destrucción del reino animal por parte de los seres humanos. A ella se suma la destrucción del hábitat en el que viven plantas, aves, peces, e incluso el mismo ser humano. Muchas zonas de Africa que hace cincuenta años estaban repletas de animales ahora están arrasadas. Los cultivos se amplían, los poblados se multiplican a costa de los animales salvajes, la caza furtiva cada vez es mayor, más organizada para la depredación, los bosques se talan y se destruyen.
El Bestiario de Cambridge dice que : “la gestación dura dos años ; paren una sola vez, y no varias crías simultáneamente, sino una sola”. Según Valeriano, la cría del elefante simboliza la cosa hecha con mucho tiempo porque se pensaba que la preñez se prolongaba por diez años. En las obras clásicas sobre los animales se lee en los escritos de Brunetto Latini en el siglo XIII que “no hay entre ellos disputa alguna por las hembras. Cada uno tiene la suya, a la que permanece unido durante todos los días de su vida, de tal modo que si uno pierde su hembra, o ella al macho, jamás vuelven a tener pareja, sino que van solos por los desiertos”. ¿Qué les podrán importar estos datos a los cazadores y comerciantes de tan codiciados colmillos así acaben con la especie ?
Se escuchan ofertas. El colmillo minuciosamente tallado continúa en venta