Por Anibal Vallejo R.
El siguiente testimonio hace parte de las historias narradas en el libro Los animales maestros y sanadores de Susan Chernak McElroy.
“Al llegar a los cuarenta y cinco años, el estilo de vida al que me impulsaba mi frenética carrera profesional me resultaba cada vez menos atractivo y, sin embargo, seguía inmerso en él. El trabajo nocturno y las largas horas empleadas como jefe de mesa de ruleta en un casino de Las Vegas me llevaron a beber cada vez más. Finalmente la bebida me sumió en ese horror solitario que sólo un alcohólico puede comprender. En el otoño de 1991 estuve internado durante un tiempo, a causa de los efectos colaterales de mi alcoholismo, pero muy pronto me dieron de alta. Fue poco después de este ingreso cuando encontré un amigo que me cambió la vida por completo.
Ese día estaba mirando el campeonato mundial de béisbol por televisión ; con una copa en la mano alentaba entusiasmado a mi equipo. En ese momento llegó mi compañero de piso con su novia y me contaron que habían visto un perro vagabundo frente a una tienda cerca de la casa. No sé muy bien cómo sucedieron las cosas, pero aquella noche ese perro de pelo áspero y grisáceo estaba durmiendo en el sofá de mi casa, después de haber comido hasta hartarse. Parecía que jamás en su vida lo habían bañado o cepillado y tuve serias dudas sobre si quedarme con él. Las palabras de mi amigo me alentaron a hacerlo.
Algunos años antes el médico me había dicho que él poco podía hacer para ayudarme con la bebida. Me sugirió que me buscara una novia, cambiara mi estilo de vida o me consiguiera un perro. ¿ Un perro para qué ?. Me contestó que requería de alguien que me necesitara. Y creo que el médico tenía razón.
Cuando Homer ingresó en mi vida, a pesar de tener la firme intención de seguir bebiendo con mis amigos y regresar a cualquier hora de la noche, sentía que no debía hacerlo porque Homer estaba solo en casa. Comencé a llegar a mi hogar cada vez más temprano. Homer me demostraba una inmensa alegría cada vez que me veía. Sin embargo, me paseaba con él por los parques y las playas cercanas tratando de encontrar a sus dueños.
Una visita al veterinario y otra a la peluquería canina, además de una pelota de goma para jugar, bastaron para que Homer sintiera que realmente me pertenecía. Lo llevaba conmigo a todas partes. Raras veces nos separamos y hasta el día de hoy es el huésped favorito dondequiera que vaya.
Desde que Homer y yo somos compañeros inseparables veo el mundo de otra manera, lleno de esperanzas y posibilidades de cambio. Homer aportó algo muy importante en mi vida. Gracias a mi amor por él y, sobre todo, a su amor incondicional por mí, pude cambiar mi vida. Quizás Homer me devolvió el trozo de juventud que se esfumó durante la guerra en el sudeste asiático, o de la confianza perdida cuando mi matrimonio fracasó. Es como si hubiera recuperado la fe en una fuerza superior “.
“Cuánta sabiduría se oculta / bajo tu sedosa piel / y tras tus felinos bigotes./ ¿ Hay algo que no sepas ? / A veces siento que tus ojos / exploran el fondo de mi alma, / durante esos largos silencios / entre nosotros. / Tu profunda sabiduría / conoce desde siempre / aquello que yo apenas / comienzo a intuir. / Espiritu libre, / gracia y humor / en cuatro patas. / Pam Reinke.
Un oso nunca olvida que es un oso, pero el hombre muchas veces se olvida de cómo debería actuar como un ser humano. Se olvida de cuidar a su familia y de respetar el mundo que le rodea ; las posesiones materiales y las ansias de poder terminan por confundirlo.
Publicado en el Periódico El Mundo el 16 de Agosto de 1999