Por Anibal Vallejo R.
Esta historia hace parte del libro Los animales maestros y sanadores (Susan Chernak Mc Elroy, Integral, 1998) que constituye un extraordinario y conmovedor testimonio de cómo los animales acompañan y ayudan al hombre en los momentos difíciles y con su ejemplo enseñan a vivir en armonía con el entorno, dan fuerzas en la adversidad, son un consuelo en el dolor y fuente de alegría en la vida cotidiana.
La historia es narrada por Doris Mitchell. “Mi hijo de 17 años murió en un accidente de buceo. Sólo alguien que ha perdido a un hijo puede comprender el absoluto desconsuelo que se siente frente a esa situación. La tarde previa al accidente, por casualidad, pasé frente al cementerio de nuestra ciudad. Sentada junto al cerco, sobre una raíz gruesa entre dos árboles, como si esperara a alguien, había una perrita vagabunda. Parecía un zorro colorado sucio. En aquel momento no podía imaginar que, tres días más tarde, enterraría a mi hijo en el mismo lugar donde la perrita esperaba. El día en que sepultamos a mi hijo volví a ver la perrita. Estaba parada a corta distancia de donde nos reunimos. A la mañana siguiente, hacia el amanecer, fui a visitar por primera vez, la tumba de mi hijo. Sentada sobre el montículo de flores que se apilaban sobre la lápida estaba la perrita colorada. Al acercarme, se levantó y retrocedió unos pasos, como respetando mi dolor. Cuando me senté en el suelo junto a la sepultura, vino y se sentó a mi lado sin tocarme ni pedirme ningún tipo de atención. Simplemente estaba allí, acompañándome. Juntas observamos la salida del sol y, finalmente, sentí un poco de paz. Cuando me levanté, me acompañó hasta el automóvil y luego volvió a tenderse sobre la sepultura de mi hijo. A la mañana siguiente, se repitieron los hechos del día anterior. Cuando llegué estaba allí, acurrucada junto a las flores. Cuando se sentó a mi lado pasé mi mano por su lomo. Estaba húmedo por el rocío. “¿ Has pasado aquí toda la noche ? “, le pregunté. Me contestó moviendo la cola suavemente. “¿Quién eres ?, ¿ una especie de ángel de la guarda ?”. Se volvió hacia mí, mirándome con ojos que parecían ver hasta el fondo de mi alma. Me eché a llorar, contándole el terrible dolor que me embargaba, y ella se quedó sentada allí, escuchando.
A la mañana siguiente estaba otra vez allí. Pensando, por primera vez en varios días, en alguien más allá de mí misma y de mi dolor, decidí llevarle algo de comida. Aparentemente, otra persona también había observado el animal haciendo guardia allí durante las veinticuatro horas, porque junto a la tumba había un tazón con agua. Saber que mi hijo no estaba solo, y que la perrita lo acompañaba, comenzó a darme cierto consuelo. Recordé que años atrás mi hijo y un amigo habían rescatado a una perrita colorada, herida por una flecha. Mi hijo le puso de nombre Callie y fue nuestra querida mascota hasta que un accidente prematuro terminó con su vida.
Al cabo de una semana me la llevé a casa. Me sorprendió que fuera tan mansa y tranquila. No sabía qué nombre ponerle. Un día le dije : “¿Sabes una cosa ? Eres igualita a nuestra vieja Callie”. Era como si hubiese dicho una palabra mágica. Callie se puso de pie, moviendo la cola alegremente, corrió hacia mí y apoyó una de sus patas sobre mi rodilla. Era como si, finalmente, hubiera “vuelto a casa”.
¿ Quién es esta perrita que me mostró el lugar en que enterraría a mi hijo, y luego montó guardia durante una semana al lado de su sepulcro ? ¿ Quién es esta perra que me ayudó a superar el mayor trauma de mi vida , que comparte mi hogar y llena mis momentos de soledad ? ¿ Es posible que exista la reencarnación y los perros se reencarnen ?. No lo sé. Sólo sé que entró en mi vida de forma sumamente misteriosa.
Callie se ha convertido en una perra TDI ( Therapy Dogs International) diplomada. La llevo conmigo a visitar regularmente nuestro geriátrico local y se ha convertido en el perro preferido de todos. Durante los días que siguieron al terrible atentado de 1995, en Oklahoma , muchos perros TDI fueron a los centros de rescate y a las iglesias donde esperaban las familias de las víctimas. Allí estaba Callie. Con su dulzura de siempre hizo muchos amigos. En un momento especialmente conmovedor, una joven asistente se sentó en el suelo, abrazó a Callie y compartió con ella su dolor personal. Me hizo recordar a mí misma, sentada en la tumba de mi hijo.
Nunca pensé demasiado en el tema de los ángeles de la guarda, pero ahora sé que existen “.
“Creo que podría irme a vivir con los animales / tan apacibles y serenos. / Los miro, y no me canso de observarlos…” Canto a mí mismo, Walt Whitman.
Periódico El Mundo, 1 de junio de 1999
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