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EL NIÑO DE LOS PERROS

Por Anibal Vallejo R.

Hace algunos meses llegaron hasta el albergue de la Sociedad Protectora de Animales un profesor acompañado de varios niños a dejar un perro criollo con cruce de pastor. Argumentaba el profesor que uno de sus acompañantes, tenía la tendencia de recoger a los animales de la calle y con frecuencia se aparecía con ellos en el Orfelinato donde vivían en el municipio de Copacabana, de por sí ya saturado como refugio de niños desamparados. Quería que conociera el lugar donde quedaría su perro para tranquilidad de todos.

Cuando en un solo mes entran al albergue más de cuatrocientos animales, este era uno de los tantos nuevos inquilinos. La historia con sus variantes se repetía. Imposibilidad de sostenerlo, falta de espacio, animal sin raza definida, decisión inapelable de los mayores, oposición a los deseos de los menores de edad que se empecinan en compartir con animales, o sencillamente “para no tenerlo que botar”.

En los registros de la entidad quedó reseñado el animal : macho, de tamaño grande, con dominante pastor, color negro y amarillo, buen estado de salud, adulto, recogido de la calle, que responde al nombre de “Lucas”.

Y se fueron.

“Lucas”, después de la revisión de rutina, por su porte y vigor fue trasladado a las perreras altas, las de los bravos, las de los “duros”, allá arriba, en el pequeño espacio que se les puede brindar a los centenares de perros y gatos abandonados en la ciudad de Medellín y en sus municipios aledaños. En contados 900 metros de área, en un lote en declive, colindando con los predios del Cerro el Volador, se ubican las pocas perreras que allí se pueden sostener arañando las laderas del considerado parque arqueológico de la ciudad.

Habían pasado varias semanas cuando terminando el día apareció en la puerta del albergue un niño de escasos 10 años de edad. Quería que le dejaran ver a “Lucas” y trató de hacer memoria para que recordaran su historia. Cómo no iban a recordarla si para él era tan importante. Había llegado caminando desde el municipio de Copacabana, según dijo en unos minutos. Qué concepto del tiempo podría tener si lo único que estaba en su memoria era que por allá cerca a su municipio le había preguntado al primero que se encontró que dónde quedaba la casa de los perros de la calle. Había seguido la carrilera del tren y caminando llegó hasta la casa de “Lucas”.

Con sus zapatos rotos y su ropa humilde, Juan Esteban lo único que quería era volver a abrazar a “Lucas”. Su entrañable amigo que tanta falta le hacía. Por eso sin ningún misterio contó que cuando se le ocurrió volver a buscar a su perro lo único que tuvo que hacer fue echarse la bendición, saltar la tapia alta y empezar a caminar sin rumbo fijo, mirando esas paralelas que se unían en la distancia. Sintió un afán inexplicable por estar con su perro, acariciarlo, volverlo a ver, y regresar por esas mismas paralelas. Ni el cansancio, ni el hambre, ni el frío de la tarde lluviosa, ni el dinero para el regreso eran problema para Juan Esteban. El afán del día estaba cumplido y mañana sería otro día.

Nos cuentan que Juan Esteban es un niño que vive en la calle por voluntad propia. Aprendió a vivir libre, sin ataduras. No hay muro que le ataje. A pesar que su madre, tías y abuela se preocupan por él. Y aprendió a vivir como los perros en calles y callejones, por las veredas y por los caminos, compartiendo con ellos los mismos espacios. Por donde él va los perros le siguen, incluso se sabe cuándo ha tomado un bus porque detrás de este va la gallada de los canes como escoltándolo.

“Lucas” está decaído. Su ánimo ya no es el mismo. La presencia de su amigo Juan Esteban le marcó de nuevo los lazos del afecto. Ha sido bajado a la casa, cerca del consultorio. Allí donde cada día llegan decenas de animales que como “Lucas” esperan por días el regreso de sus amos. Los que no llegarán. Lo que no volverán.

Hasta que uno de esos días, en medio de la lluvia, “Lucas” salte la malla que rodea el lugar y se eche a andar, por esa carrilera, por esas paralelas que trajeron a su fiel amigo.

Allá donde parece que se juntan estará Juan Esteban esperándolo.

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Periódico El Mundo, 2 de diciembre de 1998

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