Por Anibal Vallejo R.
Son tantas las situaciones de tristeza y dolor que se viven a diario con los animales abandonados, casos de atropellamientos, accidentes de todo tipo, enfermedades, rechazo, violencia, comercio, reproducción incontrolada, experimentación, que hechos como el que motiva esta columna producen hilaridad.
No es raro que algunas personas presumiendo ser solidarias con el animal lleguen hasta nosotros argumentando que el perro que quieren se les reciba ha sido recogido en mal estado de la calle y que por varias semanas o meses se han hecho cargo de él. Entonces dicen no estar en condiciones para sostenerlo. Pasado un tiempo aparece el propietario del animal. A veces un vecino mal intencionado u otro miembro de la familia que han montado la patraña para deshacerse de él callan su conciencia dejándolo en nuestro albergue. Son muy frecuentes los rechazos en las unidades de vivienda y juegan a la suerte de podernos engañar para que vamos a recoger al que dicen es un animal desamparado, en cualquier descuido de su propietario, en cualquier salida del animal.
Hemos conocido la siguiente carta, dirigida a la habitante de un apartamento en un sector exclusivo de la ciudad motivada por la presencia de una lora.
Dice la quejante. “Quiero informarle el incidente de ayer cuando su lora se entró a mi apartamento como lo ha hecho otras veces, cuando su empleada ha tenido que venir por ella. Esta vez, mientras estaba en mi alcoba desayunando, pues estaba enferma, su lora entró por las celosías del baño, revoloteó dentro del vestier, tumbando varias cosas. Se llamó a portería y nos informaron que en su apartamento no había nadie para recogerla. Continuó revoloteando por mi alcoba, tumbando una lámpara y “poposeando” sobre mi nochero. Luego se dirigió a la alcoba de mi hija y cerré la puerta hasta que llegó su empleada y continué desayunando. Su empleada trató de cogerla pero revoloteó hacia mi alcoba y se lanzó sobre mi espalda y me cogió el cabello, entonces su empleada la pudo coger. Yo con el miedo por el ataque lancé la expresión : si esta maldita lora vuelve a entrar a mi casa la mato.
Yo respeto el que se tengan animales en su apartamento, aunque no sea en su hábitat natural, pero yo exijo se me respete mi intimidad y mi integridad personal. No estoy en contra de los animales, pero no acepto se me altere mi tranquilidad en el apartamento.
Además le solicito no utilizar los servicios de mi conductor en su horario de trabajo sin mi autorización, por razones obvias” .
La susodicha lora había sido recuperada de la muerte en manos de un comerciante inescrupuloso que la mantenía en precarias condiciones. De sobrevivir en un inhóspito medio callejero llegó a ser privilegiada habitante de un lujoso apartamento donde comparte con perra y gato recogidos, conejo liberado de la olla, y asiduos visitantes nocturnos que son alimentados con jarabes en los ventanales. Así como la dama de la misiva protesta enérgicamente por la presencia de la lora el niño habitante del piso inferior alcanza a exclamar asustado a altas horas de la noche: “mami, mami, los vampiros están revolotenado en mi ventana”.
EL MUNDO 19 de octubre de 1997