Por Anibal Vallejo R.
Cuenta una vieja leyenda oriental que un emperador, al morir, dejó su imperio, por partes iguales, a sus dos hijos. Uno de ellos tenía todas las cualidades imaginables ; inteligencia, conocimientos, don de gentes, iniciativa, nobleza y valor. Sólo le faltaba una : la constancia. El otro, en cambio, era un hombre común, que no se distinguía en ningún sentido, salvo en uno : era muy constante. Cuando iniciaba alguna empresa, por pequeña que fuera, la terminaba , aunque demorara años en lograr su objetivo. El primer hijo se rodeó pronto de las más grandes personalidades de su época y emprendió múltiples obras de progreso y de beneficio para su pueblo. No descansaba un día y, sin embargo, cuando habían transcurrido diez años, su reino estaba en ruinas y por todas partes se veía miseria y descontento. El otro hijo aparentemente nada hizo por lograr la grandeza de su país y el bienestar de su pueblo. Su gobierno se limitó a ejecutar tareas de rutina y trabajos de poca envergadura. Y, sin embargo, pasados los diez años, su reino había adquirido tal prosperidad y poder que, sin derramar sangre, se anexó al reino del hermano y se transformó en un gran imperio que duró muchos siglos.
Así, la constancia triunfó sobre todas las demás virtudes y demostró que, sin ella, todas las cualidades del hombre eran simples fuegos de artificio que brillaban un instante y se apagaban en seguida para siempre. En cambio ella sola era capaz de crear algo grande y duradero, incluso allí donde no había sino material mediocre y de poco valor.
Hace treinta y cuatro años llegó a Medellín, procedente de Francia, la Madre Raymonde de St Gilles Latour y desde entonces se hizo cargo de las Granjas Infantiles Femeninas, que atravesaban por una crisis que la tenía al borde del cierre. En medio de las ruinas y con una constancia tal, que ahora es ejemplo de solidaridad, se dedicó de lleno a las tareas de rutina, a rehacer el lugar, a mejorar sus instalaciones y dotación, a conseguir recursos especialmente con entidades y personas europeas que ella conocía, a educar a miles de niñas que fueron pasando año tras año por la que siempre fue su casa, a orientarlas, a transmitirles el amor que muchas de ellas no conocieron en sus desintegradas familias, a preocuparse por su bienestar moral y físico, a hacer de ellas seres dignos, a compartir su bondad, a soportar la indiferencia con que muchas veces fue mirada su labor, a no esperar reconocimiento alguno y que muy en contra de su querer le fuera hecho cuando en 1983 recibió “El Mundo de Oro ” del periódico El Mundo. En 1990 la “Cruz del Caballero de la Legión de Honor” otorgada por la Embajada de Francia en Colombia. Y en 1994 el “VIII Premio Nacional de Solidaridad El Colombiano” en la categoría Persona y el premio “Mejor Educadora de Antioquia” otorgado por Comfama.
El miércoles 11 de marzo de este año la Madre Raymonde se fue con una sonrisa. Así la recordaremos con su alma bondadosa, rodeada de las religiosas de su comunidad las hermanas Oblatas de San Francisco de Sales, de las niñas y mujeres que ayudó a dignificar, de quienes con ella laboraron para hacer de ese lugar un remanso de paz. De “Goldie” su fiel perro labrador de compañía y de “Patucho” el enorme ovejero inglés que reflejaron su presencia en nuestro albergue de animales desamparados, donde durante muchos años también sentimos su espíritu humanitario. ¡Que triste es presenciar la partida de los seres cercanos a nuestros afectos. Afectos que se afianzaron en un ideal común más allá de cualquier interés personal. Condiciones superiores de sensibilidad, abnegación, paciencia y constancia en la búsqueda de un mundo mejor para todos, incluidos los animales !
Muchas son las personas que se acercan a nuestra institución con grandes promesas de cooperación y solo algunas de ellas las cumplen en forma temporal, pero son pocas las que siguen trabajando con constancia en favor de sus ideales. Preocupaciones personales, exceso de trabajo, sensibilidad desbordada que les impide enfrentar los casos diarios, desilusión con respecto a nuestra labor, ánimo crítico, sentido destructivo, son los pretextos para no cumplir esas promesas. El verdadero motivo es la falta de constancia, la ausencia de esta virtud fundamental que transforma los proyectos en realidades y eleva al individuo a la categoría de personalidad responsable y creadora.
La Madre Raymonde en medio de sus angustias para atender la numerosa población de niñas desamparadas, provenientes de los barrios marginales y de hogares destruidos, siempre tuvo un espacio para el mundo animal, considerado como toda la Creación, como un trasunto del poder de Dios que como tal merece el respeto y la veneración del ser humano.
“Goldie” y “Patucho” deambulan por los espacios de la acogedora casona buscando a la madre Raymonde. Así como deambulan las niñas y mujeres que la consideraban su madre, la que afectivamente en sus hogares no tuvieron, pero que la encontraron en ella, el símbolo de la bondad en esa vereda de Copacabana, El Zarzal La Luz, luz que irradió para las 180 mujeres internas y 230 externas, para los más pobres, para los más humildes, para los más necesitados. Su gran corazón dedicado a irradiar bondad a los demás fue insuficiente para irradiar su cuerpo.
¡Qué brille para ella la Luz !
EL MUNDO 31 de marzo de 1998