Aníbal Vallejo
EL MUNDO 25 de mayo de 2010
En el reciente Foro Mundial realizado en Cartagena, el presidente de Arcos Dorados, la compañía que en 2007 adquirió la franquicia de McDonald’s en América Latina, la mayor del mundo, ante el tema que con frecuencia se relaciona con ellos sobre la salud expresó que “la compañía se ha enfocado en ofrecer, en especial a los niños, artículos con menos contenido de sodio, además estimulamos la actividad física y estamos buscando que la gente tome conciencia sobre la importancia de hacer ejercicio…” (El Espectador 11 de abril de 2010).

Se han dicho tantas cosas sobre las hamburguesas industriales de la empresa con arcos dorados, desde la manipulación genética para lograr mayor producción, los efectos secundarios en la salud humana, la incidencia luego de su consumo en procesos de indigestión y colitis, que la empresa ha fijado su posición asegurando que en latín res significa cosa, y que esto precisamente es lo que le meten al producto.
Las hamburguesas ofrecen una dieta alta en grasa, azúcar, productos animales y sal (sodio), baja en fibras, vitaminas y minerales. Corresponden a las llamadas “comidas rápidas”, ritual consumista que con estrategias publicitarias se dirigen a captar la población infantil. Los llamativos colores, el ambiente de circo, los juegos, los empaques atractivos, propician unas condiciones que llevan a los niños a consumir por glotonería y a formar malos hábitos alimenticios. No hay cubiertos, abundan los papeles y vasos parafinados, las servilletas, los pitillos, los guantes desechables, todo un ofrecimiento descomplicado que convierte la alimentación en una rápida alternativa para salir del paso. Y lentamente salir de la vida. Se ofrece acompañada de gaseosas llenas de azúcares que engordan y atacan los dientes. La cantidad de colesterol desarrolla enfermedades cardíacas, tienen un 48% de agua. La obesidad en los Estados Unidos es preocupante por su tendencia en aumento debido a estos patrones alimenticios tanto en jóvenes como en adultos convirtiéndose en un problema sanitario.
Si hay un producto emblemático de la industria cárnica ésta es la hamburguesa. Millones de consumidores en todo el mundo las degluten con cierta asiduidad, en forma de bocadillo, junto con otros productos alimenticios no menos conflictivos desde el punto de vista dietético. Para su elaboración se emplean las partes del animal (que generalmente es vacuno) que por su aspecto y riqueza en grasa no se puede comercializar como carne magra. Al tratarse de carne picada, el riesgo de contaminación bacteriana es bastante elevado. Los otros componentes que se le agregan sirven para mejorar su apariencia y activar la deglución al estimular mecánicamente el paladar (pan blanco con semillas de sésamo). Las rodajas de pepino hacen crujiente al bocadillo lo que estimula seguir comiéndolo. La salsa agridulce estimula la salivación pero para que no empape todo el pan se tuestan un poco sus superficies internas, lo que la hace impermeable y desprende un agradable olor. La estimulación de la salivación hace que el consumidor no tenga la sensación de llenura y siga consumiendo.
Según la OMS unos mil millones de adultos padecen sobrepeso en el mundo, de estos más de 300 millones son obesos. El 60% de las muertes se deben a enfermedades coronarias, diabetes y cáncer, en las cuales la alimentación desempeña papel importante.
Pablo Fernández, estudiante de 25 años, sano, aficionado al deporte, se sometió a una dieta a base de hamburguesas y otras variantes de la llamada “comida basura”. Durante diez días fue habitual la sensación de pesadez de estómago, con episodios de náuseas, arcadas, vómitos, debilidad, sensación de asco y pesadillas nocturnas. Se levantaba cansado e hinchado, le aparecieron aftas (llagas) en la mucosa de la boca. Aumentó 2,3 kg de peso, 3 cm de abdomen y las pulsaciones de 86 pasaron a 108 por minuto. Aumentó el colesterol, disminuyó el hierro sanguíneo. (Programa Antena 3TV, periodista Pedro Piqueras, primavera del 2004).
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