Aníbal Vallejo R
EL MUNDO, 13 de abril de 2010
El amigo Sergio Esteban Vélez (EL MUNDO 23 de marzo de 2010) se refirió a una columna publicada en el periódico de Envigado por Rocío Vélez de Piedrahíta relacionada con la defensa que ella hace sobre las marranadas, para refutarla y concluir sobre “la nefasta influencia de la violencia en el seno familiar y social” que dicha práctica propicia. Compartiendo las opiniones del columnista, no es cuestión de buscar convencer a doña Rocío para que amplíe su círculo moral, ni para que a estas alturas de la vida cambie de actitud con las especies animales. Alguna vez al regreso de una reunión del Concejo Departamental de Cultura de un municipio cercano me preguntó: ¿cómo hago para matar las gallinas para el sancocho? ¡No las mate, doña Rocío, no las mate!, le contesté. Tal vez en aquella ocasión se condolió por el maltrato a las gallinas, el mismo que pronto se le olvidó en otras especies cuando encuentra tanta satisfacción con la puñalada marranera y con la estocada torera. No me la imagino ni en uno ni en el otro espectáculo.

Los cerdos pueden alcanzar los veinte años en un entorno natural apropiado, pero la triste realidad es que la mayoría son muertos a cuchilladas al cumplir el año de vida. Si es que lo que les tocó en suerte se puede llamar vida.
A las dos semanas de nacidos, los machos son castrados para satisfacer el paladar de los humanos que encuentran así más tiernas sus carnes. No hablemos de los cochinillos de Segovia, que ya llegaron a los restaurantes locales para celebrar en época de feria taurina, donde a las pocas semanas terminan en los platos de los comensales, tan tiernos que no se necesitan cubiertos para cortar sus carnes.
El destino que la llamada ganadería intensiva les reserva a los cerdos no puede ser más terrible. Se les inmoviliza en pequeños espacios, sucios, mal iluminados, malolientes, saturados de sus propios excrementos, con rejas oxidadas, sin posibilidad de movimientos, los pisos húmedos. Son campos de concentración, como los que tanto han degradado la historia humana, los que sufrieron millones de víctimas en Ausschwitz y Mauthausen.
En el matadero de Sioux Falls (South Dakota-EEUU) los cerdos son encerrados en grandes barracas y emparamados con tuberías que están empotradas en el techo para luego ser electrocutados. De la misma manera como en otros nefastos tiempos los nazis enviaban a sus prisioneros de “razas inferiores” a “ducharse” en grandes barracones, donde eran gaseados hasta que morían. Esto nos trae a la memoria la electrocución de perros en el centro de zoonosis de Engativá en la época de la primera alcaldía del ahora aspirante a la presidencia de la República por un partido con tinte ecológico. No se nos pueden olvidar las imágenes de los perros mojados con mangueras en el frío amanecer de la sabana de Bogotá y luego sus convulsiones y aullidos lastimeros al ser arrojados cables pelados conectados a la corriente eléctrica, como las mostraron filmaciones captadas con cámaras escondidas. La entonces secretaria de salud, responsable también de la matanza, ¿será su candidata para el Ministerio de Seguridad Social?
El cerdo es uno de los animales con mayor parecido con los seres humanos: el tamaño y colocación de sus órganos internos, la posición de sus ojos y el tipo de retina que les permite una visión similar a la nuestra. También su dentadura es similar en número, distribución y tipo de dientes, lo que les facilita una alimentación omnívora como la nuestra. La composición bioquímica de su musculatura, la estructura de su cerebro hasta tal punto que se le ha catalogado como “el hombre horizontal”.
Por algo será que en el mercado farmacéutico existen unos cuarenta productos procedentes de los cerdos: piel, válvulas cardiacas, insulina, vacunas, hormonas…
Lamentablemente, con eso de la tradición estas matanzas populares reviven los instintos sanguinarios, embrutecedores, innecesarios y degradantes de los seres vivos que merecen toda nuestra consideración.
“El hombre, cuando es animal, es peor que el animal”. Rabindranath Tagore.
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