Editorial

por: Aníbal Vallejo

Muerte entre chillidos

Aníbal Vallejo Rendón

EL MUNDO 30 de marzo de 2010

Al leer a la columnista Rocío Vélez de Piedrahíta quien  salió en defensa de las marranadas (El Colombiano, 5 de marzo de 2010) argumentando que es una fiesta familiar tuve que recordar su Guía de Literatura Infantil porque no le quedaron faltando los niños en dicha diversión.

Qué lejanas están sus palabras para formar a los niños en los hábitos de lectura e inculcarles valores como cuando se refiere a una trama que se desenvuelve en ambiente y con objeto o personas, conocidos del niño. “Por ejemplo: una mamá pata da de comer a sus paticos; uno de ellos se le pierde; lo buscan en dos o tres páginas, -debajo, detrás o junto a objetos conocidos-; lo encuentran; todos muy felices siguen comiendo”. No sé desde cuándo doña Rocío cambió de valores y cambió entonces los paticos para cuidar por marranos para acuchillar.

Dice en la obra citada: “El fanatismo por formar para el dolor, la oración, o la muerte prematura, fue una obsesión que hoy no podemos comprender, apenas comparable al encarnizamiento con el cual se empeñan hoy algunos educadores en enfrentar al niño desde su más tierna edad , con el aterrador dolor universal , los problemas adultos de guerra, injusticia, violencia, racismo, lucha de clases, todo este conjunto de hechos que conforman la realidad y que resultan apabullantes para los mismos adultos; como si, de hecho, no estuvieran obligados a vivir inmersos, en ese mar de odios. Los fanatismos de otras épocas, siempre nos resultan ostensibles y ridículos, mientras los contemporáneos nos parecen naturales, pasan inadvertidos, nos acostumbramos a ellos”.  Con sus argumentos estamos enfrentando a los niños, además, a un especismo degradante, lejano de esas teóricas disquisiciones suyas cuando refiriéndose a los escritores de la naturaleza y los animales enfatiza en el espíritu de protección a estos,  en la búsqueda  del amor, el respeto, la compasión y el rechazo para quienes los maltratan.

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“Nos ahogamos en un mar de prohibiciones y obligaciones” dice para empezar. Y se refiere a las múltiples exigencias de aseo, control, bioseguridad y manejo de la peluquería a la que asiste. En un lugar parecido a ese, con las mismas y otras exigencias más, enfrentamos la contravención de las prohibiciones, pero esta vez con los animales maltratados, aunque la obligación legal (y moral) se supone los protege para que no sean golpeados, atropellados, mutilados, quemados, muertos.  A la marranada descrita le quedó faltando la otra cara de la fiesta, la que en medio del jolgorio y la diversión, los gritos y el trago, la música y los curiosos, deben soportar los animales: la burla, la degradación, el dolor, el sufrimiento, el prolongado martirio, la emborrachada forzada, la puñalada repetida, la muerte, por un deleite humano pasajero.

Y se equivocó también el amigo Sergio Esteban Vélez (El Mundo, 23 de marzo de 2010) por partida doble. Nunca entendí por qué el Concejo tuvo que intervenir con un acuerdo para prohibir lo que la ley 84 de 1989 señaló como hechos dañinos y actos de crueldad para con los animales: artículo 6º a) herir o lesionar a un animal por golpe, quemadura, cortada o punzada o con arma de fuego; d) causar la muerte inevitable o necesaria a un animal con procedimientos que originen sufrimiento o que prolonguen su agonía; f) convertir en espectáculo público o privado, el maltrato, la tortura o la muerte de animales adiestrados o sin adiestrar. Sin entrar a señalar otras normas legales existentes, entre ellas las sanitarias. Ley mata acuerdo, por lo cual este último era repetitivo.

Como se equivocó Sergio Esteban al citar a Camilo C. Restrepo como fundador de la Sociedad Protectora de Animales en su gobernación. La entidad fue fundada en el año de 1917 y el doctor Restrepo fue gobernador en 1929 y lo que sí hizo fue conformar las Juntas Protectoras de Animales presididas por los alcaldes.

Escribir para justificar legados primitivos revaluados deja un sabor amargo y rencoroso. Lo que se le olvidó a doña Rocío de su abuelo. ¡Y lo que no aprendió! Un niño nunca mataría un animal para comer su carne. Sus sentimientos aún no están enmascarados por la desconsideración de muchos adultos hacia seres tan próximos.

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