Aníbal Vallejo R
EL MUNDO 16 de febrero de 2010
Muchas personas sin ningún esfuerzo especial pueden distinguir una obra de Picasso o conocer el estilo de un escritor ampliamente divulgado.
No sucede lo mismo con un matador de toros aunque el lenguaje rebuscado trate de hacerlo conocer como un artista del espectáculo. Son tan pocas las variantes de su técnica, reglamentada como un partido de fútbol, que muy pocos, poquísimos, dejan historia sobre todo por sus desplantes y maneras poco ortodoxas de enfrentar a los toros. Su arte, entonces, es de relumbrón. ¿O será que se trata de artesanos? Los conocedores que tanto hablan del componente artístico ¿estarán en condiciones de señalar los personajes descritos a continuación, valiéndose para ello de su lenguaje específico?

El torero. “Su pase natural fue siempre un asombro. Toreaba de verdad, sin martingalas, sin engaños. Su verónica fue ejemplo de verónica. Nunca toreó a pies juntos, porque a pies juntos no se puede torear, porque a pies juntos no se puede cargar la suerte y templar y mandar. Paraba, y aguantaba impertérrito la acometida del toro, y cargaba la suerte, abriendo normalmente el compás, y templaba a maravilla y mandaba con asombro. Toreaba a ley. En un palmo de terreno desarrollaba sus faenas, ligando siempre sus suertes y rematándolas a perfección. Su repertorio fue corto. Pero qué hondura, cuánta verdad en esas suertes, qué estilo más estupendo. Qué toreo, en fin desarrollaba. Pasó en la fiesta dejando una huella luminosa y profunda, después de unos veinte años de actuación en los ruedos. Armó una revolución y cambió el rumbo de la fiesta”.
¿Quién será este personaje? Como su técnica y estética, si es que la hay, no le importa a la mayoría de los espectadores, para más detalles, partió la historia del toreo en dos, era zurdo, arrastraba una pierna y terminó su vida con un disparo en la cien. ¿Qué obra meritoria nos dejó?
El pintor. La serie incluye hechos y recuerdos personales. Una visión rotunda y dramática del mundo de los toros frente a una visión tradicional del ámbito taurino, costumbrista, amable y placentera, donde resaltó los claroscuros, la tensión, el drama, lo siniestro del espectáculo. Por el mismo tiempo el autor desencantado de la sociedad, tras conocer a fondo la miseria humana y la muerte, la censura y la escasez económica, realizó otras obras sobre la guerra. No es una serie de obras en las que se habla de historia sino de drama. Empieza a presentar una escena general y luego va abandonando figuras y utilizando las sombras para centrar la imagen en el enfrentamiento entre el animal y el hombre. Con expresividad logra mostrar la violencia entre toro y torero.
¿Quién será este personaje? Para más detalles terminó sordo ante lo cual realizó sus obras conocidas como las pinturas negras de su casa llamada la Quinta del Sordo. Más fácil de identificar, indudablemente.
El escritor. “Hacía algunos años, desde que le dieron la alternativa en la Plaza de toros de Madrid, que venía a alojarse en el mismo hotel de la calle de Alcalá, donde los dueños, lo trataban como si fuese de la familia, y mozos de comedor, porteros, pinches de cocina y viejas camareras lo adoraban como una gloria del establecimiento. Allí también permaneció muchos días -envuelto en trapos, en un ambiente denso, cargado de olor de yodoformo y humo de cigarros-, a consecuencia de dos cogidas: pero este mal recuerdo no le impresionaba”.
¿Quién será este personaje de las letras? Para más detalles el torero de la novela se llama Juan Gallardo y el escritor se codeó con lo más encopetado de su época, fue novelista, editor periodista. Los taurinos lo citan como ejemplo del intelectual que da lustre al espectáculo taurino.
De tanto ensalzarlos como puntales del espectáculo taurino debería ser fácil identificarlos. Sin embargo creo que los aficionados que tanto hablan de estos artistas no identificarán ninguno. Ni siquiera el objeto de su devoción.