Editorial

por: Aníbal Vallejo

Valor o inconsciencia torera

Aníbal Vallejo R

EL MUNDO 2 de enero 2010

 

Como la situación entre aficionados taurinos y contradictores ha llegado a un punto irreversible no tiene sentido la discusión entre ambas partes irreconciliables. Los argumentos a favor y en contra son públicamente conocidos. No sucede lo mismo con los aspectos técnicos que rodean el espectáculo.


desplante


Un léxico anfibológico crea un maridaje entre la censura y el elogio para tratar de superar la técnica incorrecta, subterfugios rebuscados para ensalzar a los personajes que intervienen en dicha fiesta y justificar la faena. En primer lugar tenemos el riesgo que corre la integridad física del lidiador al ejecutar las suertes, y por lo tanto, el valor que sea necesario para realizarlas. En términos generales podría decirse que todos los toreros son valientes; el solo hecho de estar en el ruedo enfrentados a un toro requiere de una dosis de valor superior a la que tiene el común de las personas. Para juzgar tal valor no se le compara con el que puedan tener los espectadores, sino con los demás toreros, resultando así que en ocasiones oímos llamar cobarde a un diestro lo cual significa que ese diestro es menos valiente que la generalidad de sus colegas, aunque lo sea mucho más de aquellos que le chiflan desde los tendidos y que no se atreverían a enfrentarse a ese toro o a un animal incluso más débil.

 

Podemos decir entonces que si bien todos los toreros son valientes, unos lo son más que otros porque se arriesgan más al torear. El mérito taurinamente hablando, no se dará en proporción directa al riesgo de su exposición en la faena. No siempre a mayor riesgo mayor mérito.

 

El valor no es la falta de miedo, eso se llama inconsciencia. El torero valiente es el que se da cuenta del peligro, y que por lo tanto siente el miedo, pero que sabe controlarlo, sobreponerse a él y actuar como si no lo sintiera, con serenidad y conocimiento. No es valiente el que se expone tontamente, el que inexplicablemente, por ofuscación, por desesperación, por rabia, o por el mismo miedo, tiene arranques que lo llevan a ejecutar actos temerarios que en otra ocasión no realizaría.

 

Dentro del toreo, qué mérito tiene morderle o agarrarle un cuerno al toro, besarle la testuz, saltarle por encima, acostarse a dormir la siesta en la arena, arrodillarse frente a la puerta de toriles, pretender dar un pase cambiado sin saber siquiera cómo va a envestir el toro que sale, pasarse el animal a dos milímetros de la faja para luego huir despavorido apenas el astado se revuelve, torear al público con sonrisas y posturitas, salir por pies, ponerse moños. El valor y la ostentación deben ser serenos y conscientes, uniformes y continuos, sin riesgo exagerado, inconducente, ni en actos aislados de temeridad.

 

Ese si que es un arte burlesco, de parodia, farolero, cantinflesco con muchos ejemplos como Silveti, José Gómez “Gallito”, Carlos Arruza (desplante del teléfono, el ciclown),Gitanillo (de espaldas al toro), Manuel Díaz El Cordobés II (el saltarín), Luis Procuna (actor taurino), Jesulín de Ubrique (cabalgando acostado encima del toro),el desplante supremo donde el matador arrodillado se coloca de espaldas al toro, citar con una silla como ese otro que anda recientemente por ahí, no toreando la muerte, sino buscándola de cualquier manera, exhibiendo su cuerpo maltratado sangrante, para despertar los aplausos de los tendidos indiferentes a su suerte (en este caso no la del toro), con la morbosidad del riesgo inminente.

 

“Desconcertando las cuadrillas/corrió otra vez/sembrando el miedo por doquier,/ sacudiendo las banderillas,/y me dije de corazón:/ ¡Sal ya, sal ya/ y ten valor!” (Opera Carmen, de Bizet, acto II).

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