Editorial

por: Aníbal Vallejo

Cadaverófilo furioso

Aníbal Vallejo R

EL MUNDO 5 de enero de 2010

En un relato de ciencia ficción el polaco Stanislaw Lem narra que el ser humano domina los viajes interestelares y descubre que en el universo hay miles de planetas poblados por los seres más diversos, muchos de ellos de una gran inteligencia. Y se refiere a que el nombre científico de la especie humana no es Homo Sapiens, sino cadaverófilo furioso, por el modo en que destruye la vida en su propio planeta.

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Este cuento sintetiza mucho mejor que cualquier tratado filosófico la obsesión del ser humano por afirmarse a sí mismo, no sólo como superior a los demás seres vivos, sino incluso de origen radicalmente distinto a cualquier otra forma de vida. Y según Darwin debíamos ampliar el círculo de la moral para proteger de las injusticias y del dolor, no sólo a todos los seres humanos, sino también a los animales. Y la mejor forma de ampliar ese círculo es concediéndoles derechos, al menos uno: el derecho a no ser torturados, a no ser sometidos a tratos crueles y degradantes.
Existe una línea de continuidad entre la violencia contra los animales y la violencia contra los humanos. Lo dijeron Kant y Tomás de Aquino. Por ello no se puede acabar con la violencia hacia los humanos si no atajamos también la violencia contra los animales. Un ser que puede sufrir dolor físico y psíquico, que carece de lenguaje para poner voz a su dolor, para reclamar justicia, un ser que no puede ser un agente moral, es por eso mismo la víctima más fácil para la crueldad. Porque no puede defenderse por si mismo. Y si nosotros tenemos lenguaje y somos agentes morales, nuestra responsabilidad es protegerlos.

Los seres humanos basamos nuestra forma de vida en el uso de animales de otras especies: los convertimos en objetos de consumo como alimentos o pieles, los empleamos para nuestra distracción en todo tipo de juegos y espectáculos, los reducimos a herramientas para la experimentación, tanto militar como médica. Y, por todo ello, tenemos el deber de incluirlos en la reflexión moral.

Al extender los derechos a los animales habrá quiénes protestarán por ello argumentando que sólo pueden existir entre seres racionales en una relación de intercambio: cada uno respetará los derechos de los demás a cambio de que éstos respeten los suyos. ¿Diríamos eso mismo de los niños, de los discapacitados psíquicos o de los ancianos con Alzheimer? ¿Diríamos que no se merecen los derechos porque no comprenden lo que son? Precisamente por estos ser más vulnerables y más frágiles necesitan mayor protección.

“Respetemos el dolor que no tiene palabras, el derecho que no tiene defensa” (Virgilio).

http://www.elmundo.com

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