Aníbal Vallejo R
EL MUNDO 8 de diciembre de 2009
“La inmensa mayoría de los animales que consumen los carnívoros se crían con métodos basados en el maltrato sistemático. La incomodidad es una norma, el dolor es algo habitual, su crecimiento es anormal y su dieta es antinatural. Sufren muchas enfermedades y viven en un estado permanente de estrés”. Lo ha dicho Hugh Fearnley - Whittingstall autor de un libro dedicado a los platos preparados con carne quien, no obstante vivir en el Reino Unido donde las leyes de protección animal son más estrictas que en Estados Unidos, considera que las granjas industriales se basan en el principio de que los animales son máquinas incapaces de sentir dolor.

Prácticamente todos los productos de origen animal proceden de granjas industriales, a no ser que la etiqueta especifique el medio de producción. La de los pollos inicia el recorrido de explotación miserable de los animales.
Enormes galpones con millares de aves en espacios reducidos, contaminando el aire, las aguas y las tierras con los excrementos, haciendo invivible la vida de quienes están cercanos, generando un trabajo sucio, cruel y peligroso para los operarios. Los pavos de navidad engordados de manera igual a los pollos cuando existen sustitutos menos crueles como las preparaciones hechas con tofu de soja ecológica sin manchas de sangre.
Los huevos de gallinas enjauladas presentan una situación peor que la de los pollos. Estos salen en cuarenta días para el matadero, mientras las gallinas permanecen mínimo por un año. Al acercarse alguien se suelen espantar, cacareando histéricamente. Recién sexadas se les corta el pico ya que si una gallina sangra por los picotazos otras la atacarán causándole hasta la muerte. En el mercado internacional una granja de un millón de gallinas se considera pequeña. Las llamadas “gallinas gastadas”, las ponedoras que han llegado al final de su capacidad productiva, terminan tristemente porque no son buenas para el consumo. Se han divulgado informaciones de galpones en los Estados Unidos que las entierran vivas para evitar costos con su disposición final.
Las cerdas confinadas, inmovilizadas de manera que no pueden levantarse, soportan un encierro que las hace desgraciadas. Las arpilleras metálicas abrazan su estómago contra el piso sucio con sus propios excrementos, para que amamanten más tiempo los lechones y no corran riesgo de ser estripados en el estrecho cubículo de cautiverio. Así, un parto tras otro hasta que ya no es rentable la máquina reproductora.
Sea un consumidor consciente, indague, averigüe cómo se crían y engordan los animales de abasto, cómo se producen las carnes que usted consume y piense si es ético colaborar con sus compras en esta explotación cruenta de millones de animales de factorías.
Apoyar estos métodos de producción es no querer mirar la realidad de que los animales son capaces de sentir. El papa Benedicto XVI ha declarado que “el dominio del ser humano sobre los animales no justifica las granjas industriales”.