Aníbal Vallejo R
EL MUNDO 29 de septiembre de 2009
Las recientes imágenes de los secuestrados en las pruebas de supervivencia aparecieron acompañadas del comentario repetido una y otra vez para referirse a la triste situación de estos diciendo que los tienen “como perros encadenados”. La comparación se ha convertido en referencia de la crueldad humana que inmoviliza a su víctima impidiéndole cualquier movimiento como si de degradarlo se tratara y para ello se le reduce como a un animal.

A los perros les va mal en misa, en los supermercados, en los vehículos de servicio público, en los establecimientos comerciales, en los condominios, en los jardines, en los parques, en los espacios públicos. Se les prohíbe la entrada, se les rechaza, se les estigmatiza.
¿Por qué a los animales se les puede tratar con crueldad? Gandhi dijo: “Es poco lo que diferencia a los humanos de los otros seres sensibles: todos sentimos dolor, todos sentimos alegría, todos ansiamos profundamente estar vivos y vivir libres, y todos compartimos este planeta”. La tradición judeocristiana sostiene la opinión predominante de la superioridad de los humanos sobre los demás seres vivos mediante diversas enseñanzas bíblicas. En el Génesis, por ejemplo, a los seres humanos se les da el dominio sobre la tierra y todos los seres vivos.
Aun cuando el término dominio ha sido cuestionado en su traducción y cuyo sentido mas exacto sería “custodio, guardián”.
¿Sienten dolor los animales? ¿Tienen emociones? ¿Conocen la compasión? Pregúnteselo a cualquier persona que comparta su vida con un animal de compañía.
Las gallinas están enjauladas, las vacas estabuladas, los cerdos confinados, los caballos amarrados, los osos canulados, los perros encadenados, los micos inmovilizados, las aves encerradas, los zorros desollados. Ningún animal se escapa de la depredación humana. Se explotan inmisericordemente por los huevos, por la leche, por la carne, por el trabajo, por la bilis, por la vigilancia, por la experimentación, por la ornamentación, por las pieles.
El animal domesticado no es sólo una fuente de leche, huevos, carne, pieles, compañía, protección o servicios especializados. Es también una fuente de obligaciones especiales ya que los hemos domesticado para nuestro beneficio.
Forjar lazos de confianza y afecto con una criatura capaz de mantener este tipo de relación, que así se vuelve dependiente de nosotros, para después destruirla premeditadamente, es una de las peores formas de crueldad concebibles. Ruth Orkin relata un experimento llevado a cabo con un joven chimpancé al que se crió como si fuera humano.
Cuando se le pedía que clasificara una serie de fotografías en dos montones, el chimpancé insistía en colocar una fotografía suya con las de otras personas, y no con las de los simios (J.M.Coetzee, Las vidas de los animales, Barcelona, Mondadori, 2001, p.50).
El mismo escritor refiriéndose a los campos de exterminio dice que el horror estriba en que los verdugos se negaran a imaginarse en el lugar de las víctimas. “Son ellos los que van en esos vagones para el ganado que pasan traqueteando, se dijeron. No se dijeron. ¿Qué ocurriría si fuera yo quien va en ese vagón para transportar ganado?…Dicho de otro modo, cerraron sus corazones”.
El ser humano ha abusado de esos lazos de confianza con las especies animales. ¿Cuándo dejaremos de comparar la maldad humana con la ejercida contra los animales y considerarla como una sola?