Aníbal Vallejo R
Con el aval del Ministerio de Medio Ambiente Vivienda y Desarrollo Territorial, la Fundación Vida Silvestre Neotropical representada por el señor Carlos Valderrama solicitó el permiso de caza de tres hipopótamos. Dos personas de la Federación Colombiana de Tiro y Caza Deportiva se encargaron de la muerte del primero de los ejemplares. Los soldados presentes protegieron la seguridad de la misión, para que nadie se interpusiera, tal como se deduce cuando en el informe anotan que se encargaron de evitar el paso de algunos pescadores de Puerto Murillo que estaban merodeando por allí.

La manipulación del cadáver en medio de la sabana arbolada circundada por los meandros de la quebrada San Juan, sin viviendas a la redonda, sin más testigos que los encargados de la matanza, a mansalva y sobre seguro terminó con la mutilación de las patas a partir del metacarpo, la toma de muestras por un veterinario y el taxidermista preparando lo necesario para preservar la cabeza como trofeo, las primeras para el flamante ministerio y la última para los hermanos cazadores, con foto incluida.
Medio enterrados habían quedado 1500 kilos de carne y huesos, del tercer animal más grande existente, con “excelente condición corporal y color de piel sonrosada” (informe), con un largo de nariz a cola de 3.34 m, longitud de cruz-pie de 1.50 m, ancho 1.10 y grosor de piel de 3 cm
Llama la atención que en la toma de las muestras para el diagnóstico quienes intervinieron aparecen fotografiados accediendo al corazón, extrayendo el humor vítreo y las heces, haciendo la biopsia de otros órganos sin medidas preventivas mínimas como guantes de cirugía, mascarilla de protección para las temidas zoonosis esperadas y alrededor los integrantes de la jornada de caza como espectadores. Según el informe veterinario en el análisis de leptospira, “los títulos encontrados son bajos y significan que el individuo ha estado en contacto con la bacteria y su sistema inmune respondió adecuadamente”.
Tantos convidados y no cumplieron con todas las condiciones determinadas para el permiso: “señalizar el área con avisos que indiquen a la comunidad el peligro que representan tanto los animales como el empleo de armas de caza” y “no dejar en el sitio del sacrificio o expuestos a la vista órganos, productos o subproductos de los especímenes sacrificados, los cuales deben ser dispuestos conforme a las normas sanitarias y ambientales”.
Aves rapaces, carroñeras y roedores, se alimentan del cadáver que fue descubierto por deficiente enterramiento. El ganado no abreva ni se alimenta en el lugar por los olores ofensivos y nauseabundos. El sitio es un valle de inundación, permeable y de retiro de la quebrada San Juan, afluente del río Magdalena lo cual genera contaminación de las aguas. El operativo fue suficientemente fotografiado y documentado con todas las secuencias como si se tratara de un safari en el África o de una cacería deportiva. Algo así como la del Rey Juan Carlos en la región rumana de Covasna donde mató a escopetazos sin riesgo alguno a nueve osos en condiciones de indefensión. Aquí se dio la oportunidad a los dos hermanos cazadores con apellido alemán.
“Para el 9 de septiembre los tres individuos deben de estar (sic) por fuera de los afluentes naturales”. La cacería continúa vigente. Y la incertidumbre se cierne sobre los otros que permanecen en la Hacienda Nápoles.
19 de Agosto de 2009