Por Anibal Vallejo R.
Campos de concentración animal.
Estamos viviendo la época de la alimentación rápida a base de la carne de pollo que se encuentra fácilmente en cualquier lugar y bajo una amplia variedad de preparaciones para responder a las necesidades de una vida cada vez más acelerada. Como lo es la del mismo animal. Los comerciantes buscan con avidez ampliar sus mercados y las campañas publicitarias se dirigen a convencer a la población carnívora a su favor. Los anaqueles de los supermercados ofrecen distintos empaques de pollos enteros o despresados, así como embutidos y otras presentaciones. Los restaurantes de comidas rápidas los sirven a toda hora. La publicidad anima al consumidor donde los precios los hacen competitivos en el medio y hasta los médicos los recomiendan como saludables para preservar el corazón. Incluso se llega hasta atractivos engañosos como aquella promoción que se refiere al producto sano de la granja a la mesa que remonta al consumidor a la imagen idílica de la finca campesina donde pollos y gallinas revolotean libremente por entre pastizales y sembrados, para encontrarlos contradictoriamente en bandejas de icopor, desmembrados, cubiertos con plásticos transparentes que dejan ver una carne descolorida, blancuzca, sin señales de sangre y no genere su rechazo por el comprador.
Antes las gallinas eran gallinas. Ahora son solamente máquinas ponedoras de huevos. Antes los pollos eran pollos. Ahora son solamente máquinas productoras de carne. Antes las gallinas tenían un ciclo biológico. Ahora no pasan de un año cuando disminuye en algo su postura. Antes los pollos vivían libres y por varios años en el gallinero. Ahora no pasan de los 45 días de engorde. Todo esto porque la tecnología empezó a seleccionar aves para la producción de huevos o para el engorde y el consumo de su carne. Los resultados son de dos tipos de aves muy distintas: la primera pone una cantidad asombrosa de huevos –entre 270 a 300 por año- y el segundo adquiere tal gordura que a la edad de seis o siete semanas casi no puede sostenerse ni andar. Ambos sufren horriblemente bajo esas condiciones. Los modernos galpones industriales de explotación de gallinas ponedoras en la práctica son refinados campos de concentración. A esta comercialización se le ha denominado gallinas ponedoras de batería.
En el proceso de selección todos los machos nacidos de la incubadora son sacrificados inmediatamente cuando se trata de gallinas ponedoras. Tan solo han salido de la cáscara del huevo se sexan y los machos, o los más débiles o tarados, se desechan sacrificándolos con CO2 o por métodos crueles de cuchillas mecánicas. Este método se aplica a los machos de determinadas razas preestablecidas pues resulta antieconómico destinarlos a la producción de carne. Las gallinas de batería quedan condenadas a vivir en una estrecha y pequeña jaula, con ciertas condiciones de espacio durante las primeras semanas. Luego son instaladas en sus cárceles donde permanecerán de 1 a dos años; sin espacio para extender sus alas, ni un palo para subirse. Sin poder girar su cuerpo, con las rejas de alambre a sus pies, a su alrededor, confinadas, inmovilizadas.
Este sistema comenzó en los años treinta para lograr un lugar más amplio y sano, pues al separarse los excrementos –que caen al suelo debajo de las jaulas- se evitan las causas de las infecciones. Sin embargo no se pensó en sus hábitos y necesidades como seres vivos y se fueron convirtiendo en máquinas ponedoras de huevos. Esta industria inmensamente grande y cruel se fue extendiendo por todo el mundo. A principios del siglo pasado se argumentaba que la avicultura dependía de limitaciones que no permitían su desarrollo por falta de espacios para instalar los gallineros, la imposibilidad de abandonar el trabajo habitual y la necesidad de alejarse de los centros urbanos. No se concebía la idea de tener gallinas sin gallinero y criar millares de pollos sin granja. Apareció la llamada explotación ultraintensiva que permitió criar gallinas y engordar pollos sin tener tierra.
Los manuales de entonces promocionaban la avicultura ultraintensiva como la solución al desempleo, la entretención para el desocupado y la obtención de fáciles ganancias sin perder la libertad ni esclavizarse en su cuidado. Otros serían los que perderían la libertad y entrarían al sistema de explotados: las aves de corral. Porque ninguna se escapa: pollos, gallinas, pavos, gansos, piscos, patos, codornices.
En el sistema semiintensivo se les mantuvo en reclusión relativa ya que gozaban de cierta posibilidad de movimiento en patios a los que tenían acceso durante algunas horas del día. Buscando ahorro en gastos de personal pasaron al sistema intensivo donde fueron alojados en interiores. A finales del siglo XIX la Zootecnia ya imperaba en España y por estudios de esta sobre el proceso fisiológico de la formación del huevo concluyeron que no es mas que la transformación de la materia nutritiva que el ave ingiere y que no le es necesaria en su totalidad para mantenerse en plena salud y como la gallina en cautiverio no se mueve no tiene desgaste beneficiando la producción de huevos. Aparecieron gallineros en doble y triple piso y de un reducido número de aves se llegó a millares en los cada vez más reducidos espacios.
Días interminables de pie, agachándose como único movimiento, sobre un piso incómodo enrejado que no solo les impide cumplir con sus instintos sino que les causa deformidades y escoriaciones. Ausencia de sol, carencia de noche, con luces artificiales en forma permanente que les altera el ritmo biológico, aislamiento de su especie, inmovilidad, estrés. Una existencia miserable y aterradora.
Los “bateristas” arguyen que las gallinas cacarean en sus jaulas. Como los traficantes de esclavos también decían que “bailaban” cuando los sacaban a cubierta en los barcos para moverse.
Desde que empiezan su vida hasta que la terminan solo tienen sufrimiento y dolor. De pequeñas sufren el corte del pico para impedir pérdidas económicas por los picotazos entre ellas a causa del desespero por el confinamiento. Mutilación que es dolorosa para el resto de sus días, como lo es el reflejo en los humanos que han sufrido amputaciones. En las ponedoras para evitar el roce de la cresta en los alambres de las jaulas, se les corta al nacer con una tijera de punta curvada. Unos y otras sufren en su cautiverio, pero las hembras soportan más prolongada explotación.
Qué enorme diferencia hay entre estos animales atormentados, con días artificiales, sin poderse juntar, con un aspecto desolador tanto físico como de miedo y tensión y una gallina libre picoteando, escarbando, aleteando, recibiendo los rayos del sol en cualquier humilde solar campesino.
Los animales de cría intensiva son tratados como si apenas fueran algo más que productos en una línea de ensamble, producidos masivamente mediante un sistema diseñado para velocidad y eficiencia, con poco interés por sus necesidades y peculiaridades. Si el transporte rudimentario es causa de sufrimiento y maltrato lo que sucede en los mataderos produciría repugnancia para los desprevenidos consumidores por los métodos que se emplean y la insensibilidad con que se les trata.
A todo esto hay que agregar que las gallinas ponedoras, cumplido su ciclo de postura, terminan siendo sacrificadas en forma masiva para renovar el entable con otra camada. Y terminan en lo que en la industria de los embutidos se llama “pasta de pollo”. En los Estados Unidos dicho producto se destina para la preparación de alimentos para concentrados de animales domésticos y no se puede utilizar para el consumo humano. La pasta se elabora con desechos de aves como son las patas, las uñas, las cabezas, los picos, las crestas, los huesos, las nervaduras, los cartílagos, los cuales conforman un elevado porcentaje para los embutidos, además de colorantes, preservativos y un elevado porcentaje de agua. Todos estos subproductos de las aves son sometidos a 90 días de congelamiento y no son aptos para otra comercialización.
Para la mayoría de los seres humanos, especialmente los que viven en comunidades urbanas o suburbanas, la forma de contacto más directo con los animales se establece a través de sus hábitos alimenticios. Aquí radica la clave de la actitud hacia las otras especies animales y de lo que podemos hacer para cambiarla. El abuso con los que se crían para el consumo humano excede a los que son afectados con otros tipos de maltrato. Nos estamos refiriendo a la explotación más extensa que jamás haya existido con otras especies.
La presentación comercial de estas carnes se hace en atractivos empaques plásticos exentos de rastros de sangre. No hay motivo para asociar estas porciones con un animal vivo que respira, camina, vuela, y sobre todo, que siente y sufre. Los mismos términos que comercialmente se emplean para su venta disimulan su origen y entre más selecto sea el restaurante más sofisticado será el nombre con que se designe el plato preparado con restos de las aves descuartizadas.
Los pollos y las gallinas tienen la desgracia de ofrecer una doble utilidad para los humanos: su carne y sus huevos. Ambos sufren de diferentes maneras: en el proceso general de crianza, en el transporte y en el matadero. Es decir durante toda su miserable existencia. Por ello nos duele cuando alguien dice ser proteccionista de los animales, quererlos mucho, preocuparse por su maltrato, y no obstante disfrutar los platos manchados con la sangre del sufrimiento escondido.
Los animales son despiadada y cruelmente explotados por los humanos y lo que se pretende es suprimir su sufrimiento y miseria donde se den.
Otra opción respetuosa de la vida.

Hablar de gustos alimenticios en una sociedad donde aún hay hambre podría parecer desatinado. No obstante la mayoría de las enfermedades vienen por la alimentación: o mucha comida, o muy poca comida o mala comida. De todas maneras la ciencia médica occidental está más preocupada por curar las enfermedades que por evitarlas. La salud hay que merecerla por un esfuerzo personal de conformidad con las leyes de la naturaleza. El ser humano no está hecho para comer carne. Y muchos no la comen por buscar una vida más larga y saludable, por protección al ambiente, por creencias religiosas, por economía o por respeto a los animales.
Una dieta basada en el consumo de la carne no sólo es difícil para los animales sino también para la salud humana. Nuestra especie no evolucionó como carnívoros. Somos primates y todos los primates son vegetarianos, aunque raramente ciertas especies de ellos consumen carne. Chimpancés, gorilas y otros, viven principalmente de frutas y vegetales. Como nosotros, sus requerimientos nutricionales se satisfacen fácilmente con una dieta completamente vegetariana. Todas las proteínas, minerales y vitaminas que el cuerpo humano necesita se obtienen fácilmente de las plantas. Somos completamente diferentes de los mamíferos carnívoros. Los carnívoros naturales tienen un tubo digestivo en tamaño proporcional como de un cuarto de longitud en comparación con los animales vegetarianos. El largo, espeso y complicado tubo digestivo de los humanos está mal adaptado para digerir y expulsar la carne la cual se descompone fácilmente.
El vegetarianismo -la opción no carnívora en general- constituyen una forma de vida. Estos regímenes benefician el corazón, frenan la alta presión de la sangre, ayudan a aumentar los músculos, la fuerza y la resistencia. Son eficientes en cuanto a la energía, son más económicos y responden a las necesidades de la naturaleza. El organismo humano no tiene colmillos ganchosos, ni olfato ni vista agudos, ni garras para desgarrar sino mas bien un pulgar opuesto y hábiles dedos que evolucionaron para recoger frutas, hojas, hierba, semillas. Ni tiene instinto de presa, ni carrera rápida, ni un intestino corto, como sí lo tienen otros animales. La carne se digiere en el estómago razón por la cual los perros no la mastican y se la tragan. Estos cuentan en su estómago con los jugos (ácidos) digestivos que les permiten digerir la carne y demás porquerías que comen, incluso los huesos. El hombre es vegetariano por naturaleza. Un estudio sencillo de anatomía demuestra que los órganos del cuerpo humano son más parecidos a los órganos de los seres herbívoros que a los de los seres carnívoros. La estructura dental del hombre está constituida por filosos incisivos para cortar hojas y tallos, molares planos para triturar granos y verduras, y sólo cuatro caninos cortos y poco afilados para desgarrar carne. Sus intestinos miden doce veces el largo de su cuerpo y están hechos para la digestión lenta de vegetales y frutas. Al igual que todos los otros animales vegetarianos, nuestra piel tiene millones de poros que nos permiten transpirar libremente para regular nuestra temperatura. Los carnívoros como perros y gatos, no pueden sudar y necesitan jadear para refrescarse.
No hay por qué asombrarse si una dieta de carne nos da tantos problemas. Las enfermedades del corazón son las responsables de un altísimo número de muertes humanas, indiscutiblemente relacionadas con la grasa y el colesterol de las dietas con carne. Las arterias coronarias se ramifican de la aorta para llevar oxígeno al músculo cardíaco. El colesterol, de origen animal, gradualmente impregna las paredes de las arterias coronarias con capas de material celular y calcio, continuando hasta que se tapa la arteria. Si las arterias se obstaculizan parcialmente, no pueden llevar el oxígeno suficiente al corazón cuando está latiendo rápidamente. Esto lleva a dolor en el pecho (cuadros anginosos) durante el ejercicio o agitación. Cuando el abastecimiento de la sangre es completamente bloqueado, el resultado es la muerte de una parte del músculo del corazón (infarto del miocardio). Las arterias se ponen tan duras y quebradizas (arterioesclerosis) como el tubo de una pipa de barro. Se llenan tanto de calcio, que más que arterias son piedras que al cortarlas con unas tijeras durante la autopsia se oye como un crujido. Lo más importante es que la enfermedad de estos vasos comienza en la adolescencia cuando alimentamos a nuestros hijos con carne y los entrenamos para que prefieran estos alimentos continuando así con la tradición. Las estadísticas oficiales de salud demuestran que las naciones con los más altos índices de cáncer son las naciones que presentan el mayor consumo de carne. Las células animales mueren muy rápidamente al interrumpirse la circulación sanguínea. Tan pronto como la vida cesa, las proteínas animales se coagulan y se liberan enzimas de descomposición. Después de un día o dos, la carne animal adquiere de manera natural un nauseabundo color gris verdoso para lo cual las industrias tratan de prevenirlo con el uso de nitratos y otros preservativos. Esta carne donde ya se ha iniciado el desarrollo de bacterias continúa su putrefacción en el organismo humano. Este alimento cabe dentro de la filosofía yoga de la India védica en los denominados influenciados por la ignorancia: los alimentos podridos, descompuestos y sucios. Para el desarrollo pleno requerimos de los alimentos influenciados por la bondad: las frutas, los vegetales y los granos.
“La carne nunca se puede obtener sin hacer daño a las criaturas vivientes” se afirma en el antiquísimo código de leyes hindú. “Es increíble que no se encuentre entre nosotros ningún moralista ni ningún predicador, que haga sentir su protesta contra la costumbre de alimentarnos con carnes de animales asesinados”. Einstein.
Publicado en la Revista EOLO Números 13 y 14 Junio 2009