Editorial

por: Aníbal Vallejo

Lenguaje perifrásico

Por Anibal Vallejo R.

Desde fines del año anterior los medios de comunicación han informado como siempre sobre la temporada taurina, utilizando en las crónicas los términos privativos de la tauromaquia, referentes ya a las condiciones y caracteres del toro, ya a las plazas y sus dependencias, ya a los instrumentos de la lidia, ya a las suertes del toreo, con una profusión en el uso de voces técnicas o tomadas en sentido traslaticio o metafórico.
Como ya no está en cumplimiento de sus funciones el héroe nacional de la tauromaquia, el recientemente jubilado matador, no pueden faltar las alusiones grandilocuentes para presentar al público los nuevos proyectos de ídolos taurinos.

Algo así como: en una apoteósica tarde la indiscutible nueva figura del toreo vino a sustituir la ausencia del ídolo nacional, cuando en el centro del redondel ejecutó dos faenas pletóricas, en medio del delirio de la muchedumbre, suavidad con el percal, limpieza con la muleta, estocada hasta la empuñadura, despachando al noble toro.

Nos recuerda la escena de Ramón Pérez de Ayala: “Se arrancó por pies, entrado por uvas como los propios ángeles, y, cruzando como las rosas, endilgó por lo alto de la cruz una media en las tablas”. Esto para decir que el torero había matado al toro de media estocada junto a la barrera.

Hace un año por estas fechas el directivo de Cormacarena contó que estaban analizando la posibilidad de reducir en dos festejos el ciclo de este año: “Es mejor tener cuatro corridas fuertes y no seis con entradas como estas” en referencia a la asistencia de 3.600 personas. Y fue que la mayoría de los asistentes según las crónicas de EL MUNDO (suplemento Toros, Vuelta al Ruedo) “la inmensa mayoría de esos asistentes fue de párvulos de primaria, secundaria y primeros años de universidad. De los taurinos tradicionales, pocones. Se fueron para sus fincas”.

Para esta nueva generación el espectáculo no deja de ser eso: un público sediento de diversión, en aglomeraciones propicias para pasar el rato en buena compañía, para divertirse, como lo harían en carreras de automóviles, en tablados populares, en desfiles festivos. Sin saber nada de los “alamares” de la corrida. Desconocedores del lenguaje como de las facetas de la corrida. Un lenguaje expresivo, gráfico, dirigido a la sensibilidad más que al raciocinio. ¿Quién va a razonar en esas condiciones de algarabía y diversión?

La víctima del espectáculo ya no es el toro, es el cornúpeta, aun cuando los defensores a ultranza de la llamada fiesta taurina no pueden permitir que el protagonista de la corrida sea una vaca, en semejante demostración varonil sólo puede ser un macho, no un cornúpeta. La víctima ya no es el toro, es la bestia por antonomasia, la bestia brava. O es el bruto, o la fiera, o el bicho, o el morlaco, o la alimaña, o el cornudo enemigo, el de las patas negras, el de luto. Porque la tora, en femenino, carece de todo peligro.

¡Qué van a saber sobre la verdad del maltrato animal, cuando los tercios no dejan de ser cortos capítulos de gritería y euforia de una puesta en escena alrededor de la muerte, descrita en un lenguaje perifrástico, afarolado, medroso, afarolado…!


EL MUNDO, 27 de enero de 2009

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