Por Anibal Vallejo R.
La desilusión causada por el festival taurino del viernes 6 de febrero hizo que una cronista se refiriera a una ceremonia “con un sonido de llanto”.
No sé si tal metáfora se debe al desengaño por los vacíos de público en la plaza, por los trajes usados por los matadores opuestos al ritual taurino, por la penumbra en el desfile de la Virgen de La Macarena, por el deficiente sonido, por la pérdida del pitón del toro Mesero golpeado contra el burladero, por la mala ganadería de los ejemplares de La Carolina, y los de Las Ventas del Espíritu Santo (en la tarde del sábado), por el accidente de un picador en la arena, o por el dolor que a los toros allí se les causa y del que no se dice nada.
Cortos minutos de euforia en el público, prolongado sufrimiento del animal en el ruedo.
En la agonía hay unos toros que buscan refugio en las tablas como hay otros que se resisten a caer. Tras la estocada los peones acuden en auxilio del matador y capotean para agotar al toro y acelerar su agonía. Eso que llaman hacer la rueda no es más que marear al animal que ya ha perdido suficiente sangre para precipitar su caída final. A veces el toro se amorcilla, se queda aplomado, no atiende a los engaños, apuntalado en las cuatro patas y resistiéndose a doblar, a morir. Para no dilatar la muerte del animal malherido, se procede al descabello, golpe en la cerviz con el estoque de cruceta o verduguillo, a fin de seccionarle la médula espinal. Para conseguir esto, el toro ha de humillar y descubrir la coyuntura que existe entre las vértebras y el cráneo. Para humillarlo hay que engañarlo y hacerle bajar el testuz. Y para ello está la muleta. Ese es el arte que tanto pregonan, el del engaño. Hay quienes dicen que esto no denota particular mérito. Así como errar en el intento tampoco implica demérito.
¡Qué más da, matar rápido o matar lentamente! Se trata de un colofón meramente técnico y no artístico (Felipe Pedraza en Iniciación a la fiesta de los toros, Biblioteca Edaf). Los reglamentos dicen que antes de intentar el descabello el matador debe clavar el estoque, al menos una vez. Ya en el suelo, el animal así herido y agonizante es rematado con la puntilla, de lo cual se encarga un puntillero profesional o el tercero de la cuadrilla.
Con un sonido de llanto muere la víctima. Un llanto que no es escuchado por el público, que es opacado por la banda de música, por los gritos de los presentes, por la lejanía de los testigos: los espectadores que premian con sus aplausos a la cuadrilla. Para que no queden huellas los areneros hacen bien su trabajo detrás del arrastre. En el desolladero hay otros matarifes que desuellan y descuartizan el cadáver, cuyas carnes enrojecidas se venden en las carnicerías. Para eso están los condumios, para disfrutar el trofeo lejos de los sonidos de llanto, donde nadie acuse las conciencias por lo que indiferentes presenciaron: la muerte del toro con una estocada delantera, pescuecera, trasera, caída, en bajonazo, en golletazo, contraria, atravesada, envainada. ¡Qué más da! Para los de la fiesta se trata de un simple
animal.
EL MUNDO, 17 de febrero de 2009